Beethoven
Cuando tienes, como yo, más de diez años trabajando en una orquesta profesional, te cansas.
Va pasando el tiempo y es fácil perder de vista el objetivo que tenías cuando empezaste a estudiar, cuando tocabas en agrupaciones juveniles y viajabas a talleres orquestales, conocías gente, trabajabas con diferentes maestros, y cada nota te emocionaba y te hacía soñar con vivir de la música.
Bueno, en algún punto de tu carrera, lo logras, y es maravilloso y enriquecedor, y te preguntas si verdaderamente estás preparado para dar el ancho en una orquesta profesional. Tal vez al principio batallas pero, eventualmente, lo haces bastante bien.
Entonces pasa el tiempo, y el repertorio, y los años. Tocas el huapango de Moncayo y el Danzón no. 2 unas cinco veces por año, acompañas a los mismos solistas que tocan los mismos conciertos o cantan las mismas arias, los mismos directores, los mismos problemas en tu sección, las malas caras de los compañeros, la mala vibra y, en algún punto, te empiezas a apagar.
Y así vas, día con día, a maquilar la música, disfrutando unos ratos, quejándote otros. Algunas veces te preguntas qué habría pasado si hubieras estudiado diseño, o comunicación, o medicina, o cualquier cosa diferente. Los presupuestos dedicados a la cultura son cada vez más pequeños y, lo que un día fue un trabajo seguro, comienza a tambalear. Escuchas que cerraron la única orquesta profesional de la ciudad vecina y te da un escalofrío. Has hecho esto toda tu vida y la idea de dedicarte sólo a dar clases no suena muy atractiva.
Pero entonces programan la Novena de Beethoven. La idea te emociona un poco porque esa música te encanta. Recuerdas haber participado en dos ocasiones previas, la primera como parte del coro y la segunda en la sección de violines segundos, y te preguntas qué tan difícil estará la parte de violines primeros. Comienzas a esperar la fecha con ansias y, cuando por fin hacen la lectura, lo disfrutas enormemente.
Pasan los ensayos y llega el primer día con el coro. Se te pone la piel chinita y te dan ganas de llorar (¿será la edad?). El coro suena mucho mejor de lo que pensabas, volteas a verlo y encuentras varias caras conocidas de gente que estudió al mismo tiempo que tú en el Conservatorio, pero que regresó por ese mismo amor a una obra maravillosa. La mayoría son caras nuevas, pero distingues ciertos patrones y proyectas a algunos viejos compañeros en esas caras jóvenes.
Finalmente llega el día del concierto y, extrañamente, disfrutas cada compás. Ya no estás pensando cuánto tiempo falta para que termine el movimiento y se te olvida el dolor que habías estado sintiendo en el hombro y en la espalda, y todo es música. Llega una vez más el cuarto movimiento y entra el coro. ¿Acaso es más grande?. Comienzan a tocar y cuando llega el solo de los cellos se te enchina la piel. Siguen pasando los compases y el barítono canta afinado esta vez (chí, cheñol). Cuando por fin llega la parte gloriosa del Freude, schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium, wir betreten feuertrunken, Himmlishce, dein Heiligtum se te salen un par de lagrimillas y ruegas que nadie te esté viendo.
Por fin llegan los últimos compases y te das cuenta de que estás adolorida, fatigada, empapada en sudor, con un ritmo cardiaco cercano a los 120, pero, por encima de todo, estás feliz, feliz de haber estudiado música, de haber pasado 7 años encerrada en el Conservatorio, de no haber renunciado aquella vez que te ofrecieron un trabajo en la playa (sí, te has arrepentido antes en un par de ocasiones), de no haberte cambiado de instrumento aún. Estás feliz y plena, y recuerdas tus tiempos en el coro, y agradeces mentalmente a tu maestra por haberte enseñado a escuchar la música de otra manera.
Va pasando el tiempo y es fácil perder de vista el objetivo que tenías cuando empezaste a estudiar, cuando tocabas en agrupaciones juveniles y viajabas a talleres orquestales, conocías gente, trabajabas con diferentes maestros, y cada nota te emocionaba y te hacía soñar con vivir de la música.
Bueno, en algún punto de tu carrera, lo logras, y es maravilloso y enriquecedor, y te preguntas si verdaderamente estás preparado para dar el ancho en una orquesta profesional. Tal vez al principio batallas pero, eventualmente, lo haces bastante bien.
Entonces pasa el tiempo, y el repertorio, y los años. Tocas el huapango de Moncayo y el Danzón no. 2 unas cinco veces por año, acompañas a los mismos solistas que tocan los mismos conciertos o cantan las mismas arias, los mismos directores, los mismos problemas en tu sección, las malas caras de los compañeros, la mala vibra y, en algún punto, te empiezas a apagar.
Y así vas, día con día, a maquilar la música, disfrutando unos ratos, quejándote otros. Algunas veces te preguntas qué habría pasado si hubieras estudiado diseño, o comunicación, o medicina, o cualquier cosa diferente. Los presupuestos dedicados a la cultura son cada vez más pequeños y, lo que un día fue un trabajo seguro, comienza a tambalear. Escuchas que cerraron la única orquesta profesional de la ciudad vecina y te da un escalofrío. Has hecho esto toda tu vida y la idea de dedicarte sólo a dar clases no suena muy atractiva.
Pero entonces programan la Novena de Beethoven. La idea te emociona un poco porque esa música te encanta. Recuerdas haber participado en dos ocasiones previas, la primera como parte del coro y la segunda en la sección de violines segundos, y te preguntas qué tan difícil estará la parte de violines primeros. Comienzas a esperar la fecha con ansias y, cuando por fin hacen la lectura, lo disfrutas enormemente.
Pasan los ensayos y llega el primer día con el coro. Se te pone la piel chinita y te dan ganas de llorar (¿será la edad?). El coro suena mucho mejor de lo que pensabas, volteas a verlo y encuentras varias caras conocidas de gente que estudió al mismo tiempo que tú en el Conservatorio, pero que regresó por ese mismo amor a una obra maravillosa. La mayoría son caras nuevas, pero distingues ciertos patrones y proyectas a algunos viejos compañeros en esas caras jóvenes.
Por fin llegan los últimos compases y te das cuenta de que estás adolorida, fatigada, empapada en sudor, con un ritmo cardiaco cercano a los 120, pero, por encima de todo, estás feliz, feliz de haber estudiado música, de haber pasado 7 años encerrada en el Conservatorio, de no haber renunciado aquella vez que te ofrecieron un trabajo en la playa (sí, te has arrepentido antes en un par de ocasiones), de no haberte cambiado de instrumento aún. Estás feliz y plena, y recuerdas tus tiempos en el coro, y agradeces mentalmente a tu maestra por haberte enseñado a escuchar la música de otra manera.
Gracias, orquesta y coro. Gracias, maestros.



Comentarios
Publicar un comentario