Él
¿Te sientes bien?, ¿tienes frío? - le pregunté. Y a manera de respuesta me miró fijamente con sus ojos cafés, esos grandes ojos de los que me enamoré como una niña desde el día en que lo conocí. Luego volvió a apoyar la cabeza sobre mi pierna y se quedó medio dormido.
Habíamos decidido ver una película para pasar el tiempo, los protagonistas viajaban a lo largo de un río en un pequeño bote, y yo me permití soñar despierta con la idea de viajar con él por el mundo. A la playa, por lo menos. Pensaba que tal vez eso podría arreglar un poco las cosas. Nos sentaríamos a la orilla del mar, juntos, y él se sentiría feliz, como antes. Sólo necesitaba tiempo, ¡maldición!, un poco más de tiempo.
Habíamos decidido ver una película para pasar el tiempo, los protagonistas viajaban a lo largo de un río en un pequeño bote, y yo me permití soñar despierta con la idea de viajar con él por el mundo. A la playa, por lo menos. Pensaba que tal vez eso podría arreglar un poco las cosas. Nos sentaríamos a la orilla del mar, juntos, y él se sentiría feliz, como antes. Sólo necesitaba tiempo, ¡maldición!, un poco más de tiempo.
Comencé a llorar en silencio esperando que no se diera cuenta, pero fue inútil, se despertó enseguida. Se acercó a mí y besó mis lágrimas como siempre lo hacía, así que sólo pude llorar más, más profundo y con más dolor. Sabía que nuestra historia estaba por llegar a su fin, tal vez ese mismo día, o esa semana. Había llorado tantos esos días que tenía los ojos permanentemente hinchados.
Lo miré; había bajado de peso. Esa barriga contra la que habíamos intentado luchar juntos (él con sus escasos intentos de hacer ejercicio, yo con mis dietas obsesivas) por fin había comenzado a ceder y él se había sentido un poco mejor, al menos por un tiempo.
Lo vi temblar y le besé la frente, ¿Vamos a llevarte con el doctor?. Me pareció escucharlo renegar, pero lo ignoré, tenía esa costumbre de hacerse el fuerte y aguantarse sin quejas. Le hablé a mi hermano y le pedí que me acompañara, no quería hacer esto sola.
Fuimos al hospital en total silencio. Él siempre aferrado a mi mano, como quien sabe que pronto se va a despedir. Llegando ahí las doctoras lo atendieron en calidad de urgencia y yo le marqué a mis papás, si querían despedirse, esa era la última oportunidad.
Él no los esperó del todo e hizo las cosas a su manera, como siempre. Cuando llegaron ya estaba quedándose dormido, tranquilo y en paz. Lo enterramos juntos, bajo un árbol en el jardín, y yo le agradecí una y otra vez por haber transformado mi vida y por enseñarme a amar, con esa entrega incondicional.

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