Folclore
Pocas cosas disfruto tanto de la música como el folclore.
Empecé a conocerlo hace unos diez o doce años, apenas, cuando mi amigo y compañero de la orquesta, Isaac, me invitó a colaborar con él y su grupo en una gira acompañando una compañía de baile. La dinámica de trabajo era sencilla, cada quien se llevaba a su casa los audios, preparaba su parte, y el ensayo sólo serviría para ensamblar.
Para mí fue todo un descubrimiento, empezando con las sencillas melodías del cuadro de Nayarit y Michoacán, siguiendo con la maravillosa fiesta de la música de Veracruz, y finalizando con los elaborados huapangos, que me enamoraron desde la primera vez que los escuché (amor a primera oída).
Podrán imaginar mi decepción cuando llegué a mi clase de instrumento a mostrarle a mi maestro mi descubrimiento, y un huapango (que se volvería mi favorito) que había sacado de oído. Sus palabras fueron "aquí toca tu repertorio, deja tu música para allá afuera". Esa expresión me llegó como balde de agua helada, pero había mucha razón en sus palabras; esa era MI música, para mí era mucho más sencillo sentirla, disfrutarla e interpretarla que gran parte del repertorio europeo que veíamos en clase. Aún así, la seguridad de querer tocar música latinoamericana como base de mi práctica musical tardó varios años en tomar forma.
En fin, pasaron los años, pasaron los Mozarts, Haydns, Beethovens, Tchaikovskys (bueno fuera, jajaja) y me gradué, y recuerdo que mientras tocaba sentía cómo acrecentaba (qué palabra tan mamona, ¿no?) el temblor en mis piernas y sólo podía pensar "¿Por qué estoy aquí?", ¿"Por qué estoy sufriendo de esta manera?", "¿Realmente quiero hacer esto?, ¿tocar esta música?", y ahí mismo, nerviosa y feliz, empapada en sudor, lo decidí: no volvería a dar un recital de "música clásica" como solista.
Pasó el tiempo y el folclore siguió, conocí más música y más músicos, hice algunas transcripciones y aprendí un poco de otros instrumentos. Me hice consciente de lo mala que era para distinguir armonías de oído y me decidí a trabajar en eso (sigo batallando, pero ese es otro cuento). Luego pasó algo maravilloso: me invitaron a trabajar con Tierra Mestiza, grupo de folclore latinoamericano. Ellos no sólo me dieron la oportunidad, sino que fueron mi guía para hacer algo que siempre había querido: tocar y cantar en un café.
Yo sé que puede sonar un poco ridículo, que alguien que tiene más de diez años tocando en una orquesta de manera profesional, sueñe con hacer música de café, pero ese fue mi caso. Quería buscar esa conexión más cercana y más íntima con la gente, lejos de la barrera del escenario, tocando esa música, MI música. No sé si lo he logrado, pero definitivamente lo intento cada vez que toco y canto, y ya no tengo miedo, ni me tiemblan las piernas, ni sufro, ni nada.
Empecé a conocerlo hace unos diez o doce años, apenas, cuando mi amigo y compañero de la orquesta, Isaac, me invitó a colaborar con él y su grupo en una gira acompañando una compañía de baile. La dinámica de trabajo era sencilla, cada quien se llevaba a su casa los audios, preparaba su parte, y el ensayo sólo serviría para ensamblar.
Para mí fue todo un descubrimiento, empezando con las sencillas melodías del cuadro de Nayarit y Michoacán, siguiendo con la maravillosa fiesta de la música de Veracruz, y finalizando con los elaborados huapangos, que me enamoraron desde la primera vez que los escuché (amor a primera oída).
Podrán imaginar mi decepción cuando llegué a mi clase de instrumento a mostrarle a mi maestro mi descubrimiento, y un huapango (que se volvería mi favorito) que había sacado de oído. Sus palabras fueron "aquí toca tu repertorio, deja tu música para allá afuera". Esa expresión me llegó como balde de agua helada, pero había mucha razón en sus palabras; esa era MI música, para mí era mucho más sencillo sentirla, disfrutarla e interpretarla que gran parte del repertorio europeo que veíamos en clase. Aún así, la seguridad de querer tocar música latinoamericana como base de mi práctica musical tardó varios años en tomar forma.
En fin, pasaron los años, pasaron los Mozarts, Haydns, Beethovens, Tchaikovskys (bueno fuera, jajaja) y me gradué, y recuerdo que mientras tocaba sentía cómo acrecentaba (qué palabra tan mamona, ¿no?) el temblor en mis piernas y sólo podía pensar "¿Por qué estoy aquí?", ¿"Por qué estoy sufriendo de esta manera?", "¿Realmente quiero hacer esto?, ¿tocar esta música?", y ahí mismo, nerviosa y feliz, empapada en sudor, lo decidí: no volvería a dar un recital de "música clásica" como solista.
Pasó el tiempo y el folclore siguió, conocí más música y más músicos, hice algunas transcripciones y aprendí un poco de otros instrumentos. Me hice consciente de lo mala que era para distinguir armonías de oído y me decidí a trabajar en eso (sigo batallando, pero ese es otro cuento). Luego pasó algo maravilloso: me invitaron a trabajar con Tierra Mestiza, grupo de folclore latinoamericano. Ellos no sólo me dieron la oportunidad, sino que fueron mi guía para hacer algo que siempre había querido: tocar y cantar en un café.
Yo sé que puede sonar un poco ridículo, que alguien que tiene más de diez años tocando en una orquesta de manera profesional, sueñe con hacer música de café, pero ese fue mi caso. Quería buscar esa conexión más cercana y más íntima con la gente, lejos de la barrera del escenario, tocando esa música, MI música. No sé si lo he logrado, pero definitivamente lo intento cada vez que toco y canto, y ya no tengo miedo, ni me tiemblan las piernas, ni sufro, ni nada.
"Turn up the music
Turn down the drama"






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