La docencia y yo, parte I - Paulo

He trabajado como maestra de violín varias veces a lo largo de mi carrera, primero en la primaria de la URN, cuando ni siquiera había cursado la licenciatura.  Después en un programa del entonces llamado ICHICULT, unos meses en el Conservatorio y en un par de ocasiones en programas de orquestas infantiles... Y debo confesar que siempre lo sufrí.

Antes de que piensen que soy una mala persona, déjenme tratar de explicarles lo que sentía: en casi todos los casos me tocaba trabajar con grupos de más de diez alumnos, de diferentes niveles y con diferentes capacidades; sé que son muchos los maestros que trabajan en estas (y peores) condiciones y los admiro por tener logros a pesar de esto, pero yo simplemente no podía. Tratar de revisar y corregir la técnica, afinación y sonido de uno de los alumnos, mientras en el mismo salón están tocando otros diez, contando únicamente con cinco o diez minutos era abrumador; además siempre había un programa que seguir y obras orquestales que ejecutar que en la mayoría de los casos estaban muy por encima de las habilidades del niño, por lo que terminaban tocándolas "como podían". Intenté varias veces este sistema, pero era tan agotador física y mentalmente, que al paso de los meses renunciaba. Con el tiempo decidí que la docencia no era para mí.

Y entonces llegó Paulo, un pequeñito de cuatro años con un diagnóstico muy especial, algunas áreas de su cerebro se estaban desarrollando más lentamente de lo normal y esto generaba que Paulo tuviera una edad mental de dos años, ¡Dos!.  Su mamá me pidió una sesión para platicar y contarme sobre él antes de tener la clase pero, aunque esa reunión fue muy informativa, no me preparó para lo que iba a enfrentar después.

El día de la primer clase lo conocí, y me pareció tan pequeño físicamente, ¿de verdad tenía ya cuatro años?, apenas lograba construir frases y a sus palabras les faltaba articulación, tanto así que yo terminaba tratando de adivinar lo que él quería decirme, hacía berrinches tirándose al piso y lloraba cada que sacaba el violín de su estuche. Los primeros meses fueron muy difíciles, de una hora de clase lograba si mucho cinco o diez minutos de atención, era evidente que Paulo no quería estar ahí y mucho menos estaba interesado en aprender violín, se quedaba llorando los primeros minutos de su clase, y yo lo calmaba poniéndole música y animándolo a cantar, aunque siempre era una batalla al momento de agarrar el violín, pero su mamá estaba muy emocionada con la idea de que el aprender un instrumento le ayudaría al desarrollo de su cerebro... y así fue.

El tiempo pasó y Paulo aprendió poco a poco a sostener su violín (sí, pasaron varios meses). Me di cuenta de que tenía muy poca tolerancia a la frustración y eso impedía que intentara cosas nuevas, por lo que decidí ir paso a paso y facilitarle un poco las cosas y le quité las dos cuerdas de los extremos al violín (sol y mi), y dejé sólo las de en medio. Primero aprendió a tocarlas de manera independiente y después, con mucho (muchísimo) esfuerzo, logró acomodar tres deditos en el diapasón, sobre la cuerda de La.

Un día la mamá de Paulo me dijo que quería hablar conmigo y yo pensé que ya no iría a clase. No la juzgué ni un momento, el avance era tan poco que fácilmente podría culparme por no tener los conocimientos o recursos necesarios para enseñarle a tocar violín, pero no fue así, nos vimos y con lágrimas en los ojos me dijo que Paulo había salido mucho mejor en sus últimos estudios, y que su terapeuta estaba muy sorprendida con los avances. Ella dijo que definitivamente quería seguir.

Los meses siguieron pasando y Paulo aprendió a leer algunas notas, así que decidí ponerle su primer canción. La leyó solito, sin ayuda, y yo me quedé ahí parada, aguantándome las ganas de llorar.


- ¿Ya puedo guardar? - me preguntó
- Sí, chaparrito, lo hiciste muy bien

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Bienvenida

La propuesta

Raíces