Don Lencho

Me dijeron que vivía frente a la escuela, y que se sentaba en el porche de su casa a disfrutar el viento de la tarde, cuando ya se estaba metiendo el sol. La ubicación del lugar no hacía que me desviara de mi camino habitual, así que ese día decidí ir a conocerlo.

Lo encontré ahí, sentadito sobre un par de cojines que había en una banca verde, con su cabello canoso y su mirada tranquila. Parecía entrecerrar sus ojos para que el viento no le molestara y a mí me dio la impresión de que estaba quedándose dormido.

Quise bajarme a saludar, quise preguntar su nombre, quise conocer su historia, pero no me animé. Llevaba un poco de prisa por que, como de costumbre, siempre ando corriendo de un lado a otro. Me limité a sonreírle y saludarlo con un gesto de la mano, y seguí mi camino.

Y así transcurrieron varios días, pasaba por ahí sin animarme a detenerme, sin saber su nombre si quiera. Empecé a llamarle “Don Lencho” en mi cabeza, y la idea me pareció graciosa. Luego comencé a imaginar cómo habría sido su vida, si conoció el amor, si tuvo hijos, si pudo viajar. Mi novio y yo pasábamos la tarde inventando posibles historias sobre su vida, y nos divertía atribuirle una personalidad que posiblemente estaría muy lejos de su verdadera forma de ser.

Un día lo dejé de ver, pasaba a diario por su casa a ver si lo encontraba, pero sobre esa banquita habían puesto una jaula con pajaritos muy lindos, pero era a Don Lencho a quien esperaba ver.  Empecé a preocuparme, ¿se habría enfermado?, ¿estaría bien?... si nunca pregunté su nombre, mucho menos su edad, pero era evidente que ya había vivido muchos años.

Pasaron los meses y yo me imaginé lo peor; comencé a resignarme y a pensar que tal vez estaría en un lugar mejor, que habría encontrado el descanso al largo camino que había recorrido en su vida. Aún así, seguí pasando por su casa todos los días. Varias veces me detuve con la intención de llegar a preguntar por él, pero ¿qué habría dicho?, ¿cómo preguntar por “Don Lencho” si ese ni siquiera era su verdadero nombre? Al final me resigné y me acostumbré a ver la jaula de pajaritos en el lugar donde se sentaba a ver pasar la vida.

Hace un par de días, en una mañana nublada, volví a verlo. Sentadito, con sus canas y sus ojitos entrecerrados. Fue tanta mi emoción que bajé la ventana y lo saludé “buenas tardes, Don Lencho, es un gusto volverlo a ver”. Él me miró y me pareció verlo sonreír, aunque tal cosa era poco probable. Aún así no me detuve a preguntar su nombre, para mí siempre será Don Lencho.

Hay un detalle que olvidé comentar, Don Lencho es un perro… un pug.

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