Crónicas de un vuelo - Práctica de relato

Miró distraídamente su reloj, que marcaba las 9:25 de la noche, - por fin un vuelo que sale a tiempo - pensó, y se relajó en su asiento.

Sobre las piernas llevaba un pesado libro, un ejemplar de 1,502 páginas de "It" de Stephen King. Sabía que la historia estaba de moda porque en un par de días se estrenaría una nueva versión cinematográfica, pero el hecho de que estuviera leyéndolo en ese momento era mera coincidencia, acababa de terminar otro libro del mismo autor y, sabiendo esto, alguien se lo había prestado.

Esperó un poco con el libro aún cerrado porque, aunque detestaba admitirlo en voz alta, el despegue (y el aterrizaje) eran etapas del vuelo que siempre la ponían nerviosa. Miró al hombre que estaba sentado a su lado; tenía los ojos cerrados, los audífonos puestos con música a un volumen tan alto que ella alcanzaba a escucharlo, aunque no lograba distinguir la canción - seguro algo de Guns n Roses o Radiohead - pensó, y se detuvo un momento a observar ese cabello negro que se cerraba en gruesos bucles. Lo envidió en silencio; ella, que desde niña había batallado con un cabello ni lacio ni chino, sino crespo y rebelde, totalmente carente de forma, motivo por el cual lo había llevado recogido en una cola de caballo durante casi toda su vida. Él notó su mirada y sonrío, ella le devolvió la sonrisa y le alborotó los chinos con cariño.

Desde un montón de pequeñas bocinas situadas sobre las cabezas de los pasajeros surgió una voz pregrabada, solicitando la atención de todos "aunque viajen frecuentemente con Viva Aerobús". Luego tuvo lugar la demostración de las medidas de seguridad que ella ya sabía de memoria. Pensó en que apenas unos meses atrás (o eran años) las instrucciones las daba una de las sobrecargos desde la parte delantera, utilizando un aparato con forma de teléfono.

Ya con el avión en movimiento las luces se apagaron y ella cerró los ojos y respiró profundo. Fue un despegue suave y sin turbulencia. Por las bocinas el piloto anunció que habían superado los "uno, cero, mil pies" y un par de sobrecargos que estaban al fondo soltaron una risita ahogada.  Luego aquella voz pregrabada anunció que ya era posible utilizar los sanitarios. Ella encendió la luz de lectura y se sumergió en el libro.

- ¿Y un globo? Los tengo rojos, verdes, amarillos, azules...
- ¿Flotan?
- ¿Que si flotan? - La sonrisa del payaso se acentuó -. Oh, sí, claro que sí. ¡Flotan! También tengo algodón de azúcar.
George estiró la mano.
S.K.



"... y guardar la mesa de servicio frente a ustedes"
la grabación la sacó del trance en el que siempre entraba cuando estaba leyendo. ¿Ya había pasado una hora? el descenso comenzó así que colocó el separador en su lugar, cerró el libro y tomó la mano de su compañero de asiento, él, que parecía comprender el nerviosismo que ella sentía, se la apretó con suavidad.

Las nubes negras que se veían por la ventana confirmaron los anuncios de que se esperaba una tormenta durante la noche, su hermana había estado enviándole imágenes sobre las precauciones que había que tomar esos días, sobre la avenidas que probablemente quedarían inundadas y la decisión de las autoridades de suspender clases.

El avión aterrizó con la misma suavidad con la que había despegado y al bajar se encontraron con una brisa apenas perceptible. Tomaron un taxi a casa, y llegaron alrededor de la media noche.

Afuera la tormenta comenzó.

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