Dos instrumentos

A lo largo de mis trece años como miembro de una orquesta profesional he vivido la experiencia como si fuera dos personas completamente diferentes.


Por un lado, el violín. Empecé a tocar desde niña, en orquestas y encuentros juveniles, viajando y conociendo otros lugares y otros músicos. Aprendí jugando. Pasábamos horas enteras en los pasillos del CEM, hombro con hombro, jugando y tocando, escuchando apenas nuestro propio instrumento. Aprendimos juntos, entre amigos, despacio y sin prisas, mientras nuestra técnica, oído y gusto se desarrollaba a la par de nuestro conocimiento. Por eso, cuando entré a la OFECH, a mis 19 años, sentía que estaba lista para afrontar cualquier repertorio que me pusieran, y en cierta forma así fue, porque en mi proceso de aprendizaje no era tan consciente de mis errores y faltas, y así mi gusto fue creciendo junto con mis habilidades. No puedo recordar la última vez que me puse nerviosa en un concierto, ir a tocar se volvió rutina (a menos que el programa me gustara mucho), y los conciertos y los años fueron pasando.


Con el arpa fue un caso totalmente distinto, conocí a mi maestro cuando ya trabajaba en la filarmónica, hace unos diez años. Lo habían contratado para tocar con nosotros en un concierto con Plácido Domingo y no pude aguantarme las ganas de ir y decirle que siempre había tenido ganas de aprender arpa. Me dio mi primer clase en esa semana.

Por esas fechas la filarmónica compró un arpa, enorme y maravillosa, y yo pedí permiso para ir a estudiar ahí. Mis inicios fueron lentos, torpes y pesados, los dedos no me respondían y yo, que ya tenía más conciencia de lo que quería lograr musicalmente, caía con frecuencia en lapsos de frustración de los que apenas lograba salir. Dividía mi tiempo entre la orquesta, la escuela, el violín y esos pequeños momentos en que me dejaban entrar a la oficina de la OFECH a estudiar, a veces antes del ensayo, a veces después, y así fui avanzando poco a poquito, viendo a mi maestro una o dos veces al año, a veces más, a veces menos.


Comencé a tocar partes sencillas de obras orquestales, haciendo adaptaciones, tocando sólo la mano derecha, o sólo la izquierda, simplificando acordes, siempre con el apoyo del director y de la mayor parte de mis compañeros. En 2018 la orquesta empezó a apoyarme para ir a tomar clases una vez al mes a Monterrey, ahí fue cuando realmente comencé a notar el avance. Mientras, en la orquesta recibí mucho amor, y recibí muchas críticas, y también mucho odio. Durante todo el trayecto dudé de mí, y todavía lo hago, pero entre mi maestro y mis compañeros me ayudan a ser consciente del avance que, aunque ha sido lento, está presente. Cuando toco en público me sudan las manos, se me resbalan los dedos de las cuerdas y tengo un temblor constante que batallo para controlar, pero sigo y seguiré ahí, hasta que eventualmente mi cuerpo sea capaz de reproducir lo que pasa en mi mente.


En mi arrogancia como violinista, muchas veces sentí la orquesta me quedaba chica. Con el arpa, me siento privilegiada por la oportunidad de tocar con músicos maravillosos.

Aunque parezca lo contrario, definitivamente amo ser violinista, pero la locura de aventurarme a tocar otro instrumento me ha abierto los ojos a una perspectiva que no conocía, lo agradezco y lo celebro, y aprovecho para invitar a todos los músicos a ver a sus compañeros con más empatía, no todos empezamos igual, no todos tuvimos la fortuna de tocar desde niños, de que nos compraran (o prestaran) un instrumento, de que nos llevaran a clase, algunos empezaron más grandes y con más dificultades, y eso también debe ser reconocido.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

Bienvenida

La propuesta

Raíces