Volver al escenario
El 2020 fue un año de cambio, para muchos se trató de luchar, de sobrevivir, de perder trabajos, negocios, ciclos escolares, de perder vidas. Yo terminé de morir, musicalmente, ese año. Mi carrera agonizaba desde aquel día en el 2012 en que, temblando de los pies a la cabeza, presenté mi recital de titulación. Aunque pensándolo bien, probablemente enfermó varios años atrás, cuando las dudas, la competencia, la incertidumbre, el ambiente hostil y la falta de reconocimiento terminaron por extinguir mis ya mermadas ganas de tocar como solista.
Una vez fuera de la escuela perdí totalmente el rumbo, seguí tocando en la orquesta y en todos los grupos que me invitaron a tocar, pero no volví a estudiar por gusto. Me distraje, me ocupé en otras cosas, hice una maestría, compré una casa, me mudé, empecé a hacer deporte, me obsesioné con el gimnasio, bajé muchísimo de peso, volví a subir, me animé a cantar, conocí personas nuevas, vendí mi casa y compré otra, me volví a mudar... en fin, viví. Y fue en medio de esa maraña de actividades inconexas que el mundo se detuvo. La aparición y rápida diseminación del covid nos obligó a todos a hacer un alto en nuestras vidas. Fuera de la incertidumbre y el miedo de perder a alguien querido, para mí fue un bálsamo contra el cansancio de la vida diaria, de la rutina. Pensé que el encierro me iba a enloquecer pero me obligó a pensar y a encontrarme conmigo misma. Descansé, fui a terapia, y tomé la decisión que más agradezco casi tres años después: dar clases.
Más allá de hablarles sobre nuestra interpretación de El Mendelssohn (que será tema para otro post) les contaré que salí, una vez más, muriendo de miedo. Empecé a contarle al público lo que me gustaba de ese concierto y eso me fue ayudando a calmarme. Al tocar los primeros compases todavía temblaba y me entró un miedo irracional a que me fallara la memoria. Pasé de poder tocar de memoria a tener los ojos firmemente clavados en el papel. "No te pierdas, no te pierdas". Pensaba eso una y otra vez mientras mis manos se movían en automático por pura memoria muscular. Poco a poquito fui volviendo a la realidad, al público, al concierto. Dejé de temblar y traté de confiar y, contra todo pronóstico, empecé a disfrutarlo. Me pregunté si mi música llegaría al público, si sería capaz de transmitir todas las emociones que estaba sintiendo pero una vez más decidí confiar. Tocamos el último acorde y algo dentro de mí se rompió, diez años después había vuelto al escenario.
Ese día volví a creer, volví a soñar y volví a vivir.

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