Raíces

- Tu abuelita hacía lo mismo.

- ¿Cómo?

- Tu abuelita, ¿no te acuerdas?, le gustaba enseñarle sus plantitas a cualquiera que llegara a su casa.

Los recuerdos llegaron en tropel: su casa, sus muebles, su olor, el estante verde lleno de plantas que un tiempo tuvo justo a un lado de la entrada principal (y que no recuerdo en qué momento quitó), sus cuentos, los ejercicios que hacía en la noche para aliviar sus dolores de rodilla, su amabilidad, las tortillas de maíz con mantequilla... y el café, siempre había café.

Recuerdo con claridad llegar a su casa y encontrarla sentada afuera con sus vecinas. Era una mujer de muchas amigas y muchas palabras; todo mundo la quería y yo la adoraba. Y nosotras, sus nietas, éramos tremendas cuando estábamos juntas. Mis primas Karla y Laura, mi hermana Ivonne y yo, ¡le dábamos infierno!

- Abuelita, ¿me quieres?

- ¡Claro que sí, mija!

- ¿Me puedo quedar a dormir?

¡Y la trampa estaba puesta! Nunca nos decía que no; y así, una tras otra repetíamos la fórmula mágica hasta que, un poco contra su voluntad, había aceptado que cuatro mocosas pasaran la noche en su casa. ¡Pobre de mi abuelita!

Caía la noche y ¡a dormir! Todas, junto con ella, en el mismo cuarto, la receta perfecta para pasar la noche en vela. Nos ponía a rezar el rosario, tomando turnos para decir las oraciones, mientras yo canturreaba cualquier tontería en mi cabeza, tratando, en vano, de concentrarme.

- Abuelita, cuéntanos un cuento.

Y siempre nos contaba uno. Yo pensaba que tenía un repertorio infinito, pero ahora creo que se los iba inventando al vuelo. A veces, sus cuentos tenían alguna enseñanza, como aquel de la hermana buena y la hermana mala, a la que por no portarse bien le había salido un moco de cócono (guajolote), y debo decir que esa idea todavía me resulta graciosa. Al final, después de unas buenas regañadas, terminábamos por quedarnos dormidas.

A la mañana siguiente había café, siempre café. Cuando nos levantábamos, ella ya nos llevaba varias horas de ventaja. Nos daba un trapo y nos mandaba a la tortillería.

- Tráiganme un peso de tortillas, por favor.

Y ahí vamos las cuatro, todas greñudas y todas mocosas, a la tortillería que estaba a la vuelta de la casa. ¡Un peso el kilo de tortillas! Parece que fue en otra vida.

Regresábamos a la casa y nos recibía con café y mantequilla, que untábamos en las tortillas para luego comerlas hechas rollito, mientras ella nos hacía desayuno. Si en algún momento fue una mujer dura, como algunas de mis tías recuerdan, a mí no me tocó. Si el amor tomara la forma de una persona, se convertiría en mi abuelita.

La risa de mis tíos me devuelve a la realidad, al presente, septiembre del 2021. Un mundo donde ella ya no está físicamente. Me lleno de nostalgia y agradecimiento por haberla conocido, por haber aprendido de ella, porque nos aguantó, nos lidió y nos amó hasta el cansancio... y ahora quisiera poder enseñarle mis plantitas, mostrarle que las he cuidado con amor, justo como ella me enseñó; quisiera agradecerle este gusto por tomar café acompañada; quisiera decirle que la llevo conmigo, a veces consciente y a veces sin darme cuenta; quisiera que supiera que sí aprendí, que entendí la moraleja de sus cuentos, que trato de ser la hermana buena (aunque no por miedo a que me saliera un moco de cócono) y de compartir todo el amor y cariño que ella puso en mí.


¡Gracias!

Comentarios

  1. Me hiciste llorar, también recuerdo eas cosas , y me transporte a esos momentos en los que se disfrutaba su compañía. Recuerdo levantarme y que mi abuelito también hacia su avena la que tenia bolitas y la molida especial para mi tía Silvia ( porque a ella no le gustaba entera) y sus burritos de tortillas de maíz con mantequilla las cuales nos hacían aplastarlas con las manos y hacia como los burritos, eran tan divertidos, que es difícil no extrañar los, pero a pesar de los años llevamos el amor y enseñanzas en el corazón, te mando un abrazo fuerte por esta remembranza. Tqm

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