Reflexiones sobre mi camino en el feminismo

 ¿Cuándo fue que descubrí que necesitaba ser parte del movimiento? No se me ocurre una mejor manera de comenzar este post.

Todo empezó entre el 2011 y el 2012, cuando Josefina Vázquez Mota anunció su candidatura a la presidencia. "Josefina, presidenta"

PRESIDENTA

Presidenta, y no presidente. El atrevimiento causó en mí, como en muchas otras personas, una incomodidad profunda. —Lo correcto es presidente —afirmaba categóricamente —porque es un término neutro que se refiere a quien preside, así como estudiante a quien estudia, danzante a quien danza. ¿Qué necesidad o necedad hay de cambiar algo que funciona bien?, ¿Acaso no hay cosas más importantes? — decía.

Mi amiga Mariana, una mujer maravillosa que se merece el mundo entero, me corrigió enérgicamente. —Que a ti no te guste, o que tú no sientas que necesitas ese cambio en el lenguaje, no quiere decir que no sea necesario para la sociedad — me explicó con paciencia que las palabras tienen poder, que lo que no se nombra no existe y que es importante buscar y crear un cambio en todos los niveles y todos los ámbitos, por pequeños que parezcan.

Aunque no estuve de acuerdo con ella, ese día sembró una semilla en mi mente que después floreció cuando me hice consciente de que "sirvienta" era un término no sólo comúnmente utilizado, sino ampliamente aceptado por la sociedad, a pesar de que obedecía, en teoría, a las mismas reglas. Entendí que el lenguaje no obedece a reglas gramaticales sino a la conveniencia de quienes se benefician de que las cosas sigan tal y como están. ¿Por qué se prohibe uno mientras se utiliza otro?, ¿Por qué les molesta tanto que se nombre a las mujeres en los puestos de poder?, ¿Por qué les molesta tanto lo femenino?

A raíz de eso empecé a cuestionarme muchas otras cosas, a empezar a ver más allá del privilegio que pensaba que tenía. No fue un proceso rápido y mucho menos fue fácil, porque al abrir los ojos tuve que ver que mi propia historia estaba llena de desigualdades, abusos y humillaciones, y ser consciente y reconocerse como víctima duele, y duele con ganas.

Después de nombrar las cosas que me habían pasado vino algo más difícil: reconocerme como victimaria. Recordar aquellas veces que juzgué a otras mujeres por sus decisiones o su manera de pensar, las veces que me burlé, que las señalé, que me reí. Pero dentro de ese proceso de aceptar y respetar que somos diferentes pude conocerlas y valorarlas de verdad, por las mujeres maravillosas que son, y no por lo que yo creía que debían ser.

Y fue entonces, al permitirme apreciar y admirar a las mujeres de mi entorno, que me enamoré de ellas, de todas. Y al reconocerlas como mujeres valiosas me reconocí a mí misma, me di cuenta de que todos esos juicios que emitía sobre ellas eran un reflejo de mi propia percepción y, al aceptarlas a ellas, me acepté a mí.

Este acercamiento al feminismo también me hizo conocer a otras mujeres que estaban (y están) en este mismo proceso de deconstrucción, de aprendizaje. Creamos redes de apoyo, nos volvimos familia. Me di cuenta de que la amistad entre mujeres es sincera, es leal, es cálida y es poderosa. Con ellas aprendí a juzgar menos y a acompañar más, a señalar menos y a compartir más, a escuchar antes de hablar y a abrazar esas diferencias que nos enriquecen.

El abuso, las humillaciones, las violaciones, los feminicidios y las injusticias siguen. Pero al menos ahora estamos juntas, hombro con hombro, exigiendo el derecho a vivir seguras, libres y felices.

Porque jamás volverán a tener la comodidad de nuestro silencio.




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