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Mostrando las entradas de junio, 2019

Inicios

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Mi incursión en el mundo de la música fue algo muy natural, mis primeros recuerdos son de cuando era niña, y mis papás nos mandaban a dormir temprano para quedarse cantando en la sala con sus amigos en la sala. Ahí me escuché canciones como Fina Estampa y El Andariego, al son de la guitarra hasta las tres o cuatro de la mañana (y creo que esas memorias terminaron definiendo la música que amo ahora, después de tantos años). Del violín, me han contado que me metieron a clases cuando estaba en primaria, pero yo, francamente, no me acuerdo de nada.  Ya bastante después, alrededor de los trece años, mi tía Lupita me invitó a participar con ella en un curso de verano de la escuela donde trabajaba... y ahí empezó todo. Estuve con ella un par de años y luego entré al Centro de Estudios Musicales, donde estudié un par de años más. Todo ese tiempo, mi vida académica transcurrió de manera normal. Salí de secundaria, cursé el bachillerato, y entré a la universidad, a estudiar psicología. ...

Él

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¿Te sientes bien?, ¿tienes frío? - le pregunté. Y a manera de respuesta me miró fijamente con sus ojos cafés, esos grandes ojos de los que me enamoré como una niña desde el día en que lo conocí. Luego volvió a apoyar la cabeza sobre mi pierna y se quedó medio dormido. Habíamos decidido ver una película para pasar el tiempo, los protagonistas viajaban a lo largo de un río en un pequeño bote, y yo me permití soñar despierta con la idea de viajar con él por el mundo. A la playa, por lo menos. Pensaba que tal vez eso podría arreglar un poco las cosas. Nos sentaríamos a la orilla del mar, juntos, y él se sentiría feliz, como antes. Sólo necesitaba tiempo, ¡maldición!, un poco más de tiempo. Comencé a llorar en silencio esperando que no se diera cuenta, pero fue inútil, se despertó enseguida. Se acercó a mí y besó mis lágrimas como siempre lo hacía, así que sólo pude llorar más, más profundo y con más dolor. Sabía que nuestra historia estaba por llegar a su fin, tal vez ese mismo día, ...

Beethoven

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Cuando tienes, como yo, más de diez años trabajando en una orquesta profesional, te cansas. Va pasando el tiempo y es fácil perder de vista el objetivo que tenías cuando empezaste a estudiar, cuando tocabas en agrupaciones juveniles y viajabas a talleres orquestales, conocías gente, trabajabas con diferentes maestros, y cada nota te emocionaba y te hacía soñar con vivir de la música. Bueno, en algún punto de tu carrera, lo logras, y es maravilloso y enriquecedor, y te preguntas si verdaderamente estás preparado para dar el ancho en una orquesta profesional. Tal vez al principio batallas pero, eventualmente, lo haces bastante bien. Entonces pasa el tiempo, y el repertorio, y los años. Tocas el huapango de Moncayo y el Danzón no. 2 unas cinco veces por año, acompañas a los mismos solistas que tocan los mismos conciertos o cantan las mismas arias, los mismos directores, los mismos problemas en tu sección, las malas caras de los compañeros, la mala vibra y, en algún punto, te empiezas a ...